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La familia: La esperanza de la Nueva Evangelización

 

Su Excelencia Reverendísima Nicolás DiMarzio, Ph.D., D.D.

Obispo de Brooklyn

 

Octubre,  2005

 

 

Introducción:

 

            En el Segundo aniversario de mi instalación como Obispo de la Diócesis de Brooklyn, me complace presentarles esta segunda carta pastoral que trata sobre el significado e importancia de la familia. La familia es esencialmente la piedra angular no solo de la sociedad sino de la Iglesia. Nuestro Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, declaró que “la historia de la humanidad, la historia de la salvación, pasa a través de la familia”. (1) La vitalidad futura de la Iglesia depende de la salud de todas nuestras familias.

 

          Al iniciar esta reflexión pastoral, nuestra Iglesia reconoce que las familias en esta sociedad contemporánea enfrentan enormes desafíos. Por ejemplo, nuestra sociedad ha colocado a los padres de familia bajo considerable presión al tener que trabajar y cuidar de sus hijos. Muchas familias se enfrentan hoy al prospecto de criar hijos con un solo padre o con la asistencia de abuelos u otros miembros de la familia. Un número creciente de familias tienen también que luchar por responder a las necesidades de sus padres envejecientes, superar problemas financieros, luchar contra los devastadores efectos del vicio o el abuso que existe entre los miembros de la familia y al mismo tiempo tratar de inculcar la fe en sus hijos, muchos de los cuales no practican la fe o tienen estilos de vida contrarios a las enseñanzas de la Iglesia. Nuestra diócesis y sus parroquias están comprometidas a luchar junto a nuestras familias y ayudarlas a enfrentar estos desafíos a la vez que desarrollan su bienestar y crecen en santidad.

 

          Mi primera carta pastoral publicada el año pasado titulada La Nueva Evangelización  en Brooklyn y Queens, se encuentra íntimamente ligada con esta carta sobre la familia; el trabajo de la Nueva Evangelización no puede verdaderamente llevarse a cabo a no ser que existan familias sólidas que formen el Cuerpo de Cristo, la Iglesia. En su ministerio Jesús proclama: “El evangelio de la familia”, (2) verdaderamente buenas nuevas sobre la familia. Específicamente, la familia en la que Jesús creció, la Sagrada Familia de Nazaret, la cual es modelo de toda vida familiar. Más aún, cada familia está llamada a vivir en una comunión de amor que refleje no solo el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret, sino también la comunión que existe en la Santísima Trinidad cuya imagen la encontramos en cada familia humana. Es mi esperanza que esta reflexión pastoral acerca del lugar que tiene la familia en nuestra sociedad y nuestra Iglesia, nos ayude a fomentar un medio ambiente favorable en el cual nuestras familias puedan florecer y llevar a cabo su verdadero propósito de proclamar la buena nueva al mundo.

 

 

El significado de la familia cristiana

 

            La familia cristiana es una comunidad privilegiada de amor a través de la cual Dios ha revelado su amor divino en el mundo. Muchos de nuestras más profundas relaciones las encontramos en nuestras familias. La unión del esposo con su esposa, la relación de padres e hijos, el lazo que existe entre los miembros de la familia, son todas experiencias de amor que nos dirigen hacia el Dios del amor divino que siempre es donación y fuente de toda unidad. Este amor divino se expresó por primera vez cuando fuimos creados a su imagen y semejanza. Cada uno de nosotros ha sido creado a imagen y semejanza de Dios que es amor puro. Esto quiere decir que nos asemejamos más a Dios, cuando nos amamos como él nos ama y logramos el verdadero propósito de nuestra vida el cual es el donarnos a los demás.

 

          La capacidad de amar está grabada no solo en nuestras almas y en nuestros corazones, sino también en nuestros cuerpos. Todos hemos sido creados, hombre y mujer, a través del Plan Divino. Ésto quiere decir que hay cierta estructura, cierta “gramática” en nuestra capacidad de amar que fluye de nuestros cuerpos. La fuerza unitiva de nuestras relaciones nos indica como podemos y debemos amarnos los unos a los otros, especialmente en las relaciones más íntimas entre esposo y esposa. La unidad fundamental entre el cuerpo y el alma no depende de nuestra opción, sino más bien, nuestra verdadera felicidad depende de nuestro descubrimiento y respeto de esta unidad.

 

            El amor entre los esposos es a la vez expresión sublime del amor divino y reflejo único del poder creador que Dios comparte con la humanidad. Como católicos, creemos que el amor matrimonial tiene dos metas esenciales: la unitiva y la pro creativa. Ésto quiere decir que el amor entre esposo y esposa los une íntima y amorosamente en cuerpo y alma, y le ayuda a cada uno a crecer en amor y fidelidad. Este aspecto unitivo del matrimonio, recibe su mayor expresión en el acto conyugal el cual está abierto al poder procreador del amor entre los esposos en la concepción y cuidado de los hijos. Así, las metas unitivas y pro creativas del amor matrimonial son inseparables, y unidas constituyen el verdadero senido del amor matrimonial cristiano.

 

          A veces les es difícil a las parejas casadas reflejar el amor de Dios. Sin embargo, el mismo forma parte de su llamada especial al compartir el sacramento del matrimonio. Como resultado, el amor entre esposo y esposa demanda fidelidad, compromiso y reciprocidad de corazón y mente.  Estas virtudes no son fáciles de encontrar en el mundo de hoy. Por ejemplo, la fidelidad que los esposos se prometieron en el sacramento del matrimonio, toma toda una vida el relizarla. El ser fiel a una persona nunca es una tarea fácil. Las distracciones de la vida y las intervenciones de otros pueden ayudar a corroer el compromiso compartido entre los esposos. Sin embargo, el compromiso adquirido al colocar el anillo del matrimonio en la mano del cónyuge, este “círculo de amor irrompible”, demanda que la promesa matrimonial se guarde para toda la vida.

 

          Las promesas no pueden ser honradas a no ser que las mismas se entiendan. Debe de darse un desarrollo de entendimiento mutuo de la mente y el corazón entre los esposos. Un matrimonio no llega a su plenitud el día de la boda. Al contrario, el desarrollo de una unión profunda entre los esposos, es una jornada de compromiso que dura toda una vida conseguirla. El amor que une la pareja el día de la boda nunca es suficiente para sobrellevar el matrimonio hasta el final natural del mismo con la muerte de uno de los esposos. El amor debe crecer diariamente a través de la entrega  del don de si mismo y  los múltiples sacrificios de aquellos que se han casado.

 

          Es por esta razón que la institución del matrimonio ha sido elevada a la dignidad de sacramento por Cristo mismo. El matrimonio, la unión de un hombre y una mujer, ha existido desde los comienzos del tiempo. Como católicos creemos que en la plenitud de los tiempos la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, vino al mundo con el nacimiento de Jesucristo, el Hijo único de Dios quién en su ministerio público dejó claro que el matrimonio no es meramente una institución humana para aquellos que creen en Él. Él elevó la unión fundamental entre un cristiano y una cristiana al nivel de sacramento-un sacramento en el cual la vida de Dios se comunica de una manera especial a la pareja que libremente se une entre si en Cristo-. Esta unión sacramental de un hombre y una mujer bautizados nunca puede disolverse o terminarse por medios humanos. Es un compromiso de por vida que refleja el amor y la unión de Cristo con su Iglesia.

 

          Desafortunadamente, el número de matrimonios sacramentales ha disminuido en la década pasada por muchas razones, algunas de las cuales las mencionaremos en las próximas páginas de esta carta. (3). Sin embargo, existen también un número prevalente de actitudes sociales que han reducido el número de los matrimonios eclesiásticos y que necesitan ser evaluadas. Por ejemplo, un matrimonio por la Iglesia no requiere el invertir miles de dólares en recepción, fotógrafos, flores y muchas otras cosas que no son esenciales para la boda, mientras se mantiene la dignidad propia que un matrimonio sacramental merece. Hay algunas personas que creen que la celebración del Sacramento del Matrimonio se encuentra muy por encima de su capacidad financiara. Otras, desafortunadamente, ven el sacramento como algo superior a su habilidad personal de contraer un compromiso permanentemente. De todos formas, el satisfacer la corriente social del momento nunca debe ser la norma o criterio que se utilice para determinar si una pareja debe acercarse a la Iglesia para contraer matrimonio. En nuestra catequesis a la juventud, debemos de enseñar la verdadera naturaleza de este sacramento.

 

Amor divino como creador y dador de vida

          Para poder comprender el lugar que el amor divino ocupa en nuestras vidas, debemos recordar que el amor de Dios es creador y dador de vida. Puesto que nuestras vidas han sido creadas y son sostenidas por el amor libre de Dios, la mejor manera de entender nuestra relación con Dios es a través de la reflexión de nuestra historia de la creación. En el Libro de Génesis, oímos que Dios creó al hombre y a la mujer en un acto libre de amor y los dotó de una libertad que es inviolable. También leemos como ese don de libertad humana fue abusado a través del acto de desobediencia al mandato divino. La tensión entre la naturaleza de la verdadera libertad y la rebelión humana, estuvo presente en la primera familia humana. Adán y Eva, nuestros primeros padres, concibieron sus hijos en dolor y sufrimiento a causa de su desobediencia original. Sus primeros hijos, Caín y Abel, se convirtieron en el  primer ejemplo de  la destrucción de una familia al Caín matar a Abel. Si esto ocurrió desde el principio, ¿qué podemos esperar hoy? Las tensiones y dificultades en la familia no son algo nuevo. Sin embargo, el poder unitivo y creador del amor de Dios, expresado en el sacramento del matrimonio, puede fortalecer la habilidad de todas las parejas casadas, para que ellas superen esta tensión de la mejor manera posible y puedan vivir la verdadera llamada de amarse el uno al otro y a su familia libre y completamente.

          La expresión más sublime del poder unitivo y procreador del amor matrimonial es el acto conyugal entre el esposo y la esposa en la procreación de los hijos. El Libro de Génesis nos recuerda que hemos sido creados para ser fructíferos, multiplicarnos y traer nuevas vidas al mundo. Por eso, la definición  de la familia cristiana está íntimamente ligada a la apertura a ambas realidades: la creación y la protección de la vida humana, para así traer nuevas vidas y renovación a la Iglesia. En la ceremonia nupcial, a la pareja se le pregunta si aceptan de Dios el tener hijos amorosamente, educándolos de acuerdo con la ley de Cristo y Su Iglesia. Ellos, al responder afirmativamente, hacen una promesa que necesita ser reafirmada continuamente en el curso de su compromiso matrimonial. Apertura a la concepción, protección y nutrición de la nueva vida son componentes esenciales en cada matrimonio cristiano, precisamente porque reflejan fielmente el poder creador del amor divino de Dios.

          Una apertura a la vida por parte de cada pareja casada no garantiza que cada pareja será bendecida con el don de los hijos. Para muchas parejas, el deseo de tener hijos como una expresión de su amor no se realiza por razones que solo Dios conoce. Sin embargo, las parejas que no pueden concebir hijos siguen  manteniéndose fieles a la promesa hecha el día de la boda en la medida que permanecen abiertos a la posibilidad de tener hijos y de nutrir la vida humana en todas sus formas. La inhabilidad de concebir hijos no hace el matrimonio inválido o infructuoso.

          Mientras que la ausencia de niños es para muchas parejas una realidad dolorosa, el deseo de tener hijos a toda costa, nunca debe de llevar a la pareja a utilizar métodos artificiales para concebirlos. Los métodos artificiales de concepción son moralmente inaceptables porque separan los aspectos unitivos y pro creativos del amor conyugal que existen dentro del acto sexual conyugal. Más aún, muchos métodos artificiales de concepción frecuentemente conllevan la fertilización de varios óvulos tomados de la madre en potencia, teniendo como resultado la implantación de solo uno de óvulos en  el vientre materno. El resto de los óvulos fertilizados que no se implantan son desechados o destruidos. La grave implicación moral de estos procedimientos es clara. Es cierto que la medicina moderna provee los medios, incluyendo drogas fertilizantes, que pueden ayudar a las parejas casadas a tener hijos a través del coito natural. Por esta razón, exhorto                                                          a todas las parejas casadas a respetar la unión que debe siempre de existir entre los aspectos unitivos y pro creativos del amor en la concepción de los hijos.

          La familia también ha sido llamada “iglesia doméstica” por el Concilio Vaticano II (4). Esto significa que cada familia  es una pequeña iglesia a través de la cual, la Iglesia mayor, el Cuerpo de Cristo, es edificada. Sin esta apertura a la vida en nuestra iglesia doméstica, la Iglesia en su totalidad se ve  grandemente disminuida.

          La familia cristiana es también la cuna de la fe y la formación cristiana. No hay un medio más efectivo para comunicar la fe que la familia misma. Es en la familia donde la habilidad de amar se aprende. Esta habilidad en sí misma es lo que permite a las familias experimentar comunión y compartimiento. La familia, en efecto, es la escuela de la vida. Es la escuela en la  que las personas se forman. Es de hecho, la escuela más difícil a la que alguien pueda asistir, porque en ella se aprenden las verdaderas lecciones de la vida. El hogar es la iglesia doméstica, el santuario donde se hacen sacrificios y en donde crece en una vida de santidad.

          La familia cristiana debe también ser la fundación de la vida de nuestras parroquias. Muchas veces, las comunidades parroquiales se identifican como la familia de Santa María, San José o cualquier otro santo patrono. Óro para que nuestras parroquias se identifiquen así mismas de esta manera y vivan como verdaderas familias. Es un gran desafío el hacer de una parroquia la familia de familias, en la cual se refleje el mismo amor que existe en la familia doméstica y unificarla en el amor. Es cierto que familias sólidas, constituyen parroquias sólidas, y por efecto, una diócesis sólida. Éste es un desafío que deseo comentar en esta carta pastoral, a la vez que juntos tratamos de encontrar formas para fortalecer las familias individuales, nuestras familias parroquiales y nuestra familia diocesana de fe.      

Los dos desafíos más  grandes con los cuales se enfrenta la familia cristiana

          Las familias cristianas  enfrentan en nuestra sociedad moderna americana dos grandes desafíos: el primero, es la influencia cultural y social que debilita la unidad familiar. El Segundo es el espíritu de relativismo que forma parte de nuestra mentalidad cultural. Veamos brevemente cada uno de estos desafíos.

          Primero, existen fuerzas culturales y sociales que ejercen una influencia debilitadora en muchos matrimonios católicos. Por ejemplo, existe hoy una actitud prevalente de materialismo que deja poco espacio para el reconocimiento de la presencia de Dios en la vida diaria. Con esta actitud, el matrimonio se convierte en medio de superación económica o simplemente en un mero contrato o convenio social. El matrimonio ya no es visto o entendido como la alianza sagrada que es. Nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, declaró recientemente cuando habló acerca de la familia y la comunidad cristiana lo siguiente: “El matrimonio y la familia no son, en realidad, una construcción sociológica casual, fruto de situaciones históricas y económicas particulares. Al contrario, la cuestión de la correcta relación entre el hombre y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano y sólo a partir de ella puede encontrar su respuesta.”. (5)

          Otra manifestación de esta actitud materialista se refleja en el uso creciente de los acuerdos prematrimoniales. Estos acuerdos presumen que el matrimonio es solamente un contrato legal y provee la división de lo que se posee en el evento de que el matrimonio no dure. Su uso sugiere que ese rompimiento es inevitable. Estos acuerdos son contrarios al entendimiento cristiano del matrimonio como alianza de toda la vida la cual no finaliza porque uno lo desea, sino que anhela vivir un compromiso para toda la vida. De una manera profunda, la alianza matrimonial refleja la alianza amorosa que Dios ha hecho con Su pueblo. Y por tanto, visto desde un punto de vista puramente materialista, el matrimonio parece tener poco sentido en nuestros tiempos presentes. Quizás esta sea una de las razones por la que tantas parejas evitan aún tener un contrato matrimonial civil, mucho menos un matrimonio sacramental, y prefieren simplemente vivir juntos.

          Otra influencia cultural es lo que ha sido llamado la “mentalidad contraceptiva”, que lleva a un completo mal entendimiento del amor conyugal. Es imperativo que las enseñanzas de la Iglesia con respecto a la habilidad de la familia de limitar el número de hijos deba ser propiamente entendida. La Iglesia nunca ha enseñado que las parejas deban de tener un número ilimitado de hijos. Por el contrario, las familias deberán de tener el número de hijos que ellas puedan mantener. Los medios para limitar el número de hijos, sin embargo, deben de ser siempre los naturales, no los artificiales. Desafortunadamente, el uso de varios contraceptivos se ha convertido en parte intrínseca de muchos matrimonios. Peor aún, el uso del aborto como medio de limitar el tamaño de las familias es un mal grave y completamente malentiende el derecho a la vida que se inicia en el vientre. A no ser que nos podamos convencer que podemos mejorar esta situación, la misma solo se empeorará.

          La Diócesis de Brooklyn está comprometida a ayudar a las familias a entender las diferentes formas de planeamiento natural las cuales son seguras y efectivas. Estos métodos le permiten a las parejas tomar ventaja de los períodos no fértiles en el matrimonio, limitando por lo tanto la concepción de una manera natural, en conformidad con la habilidad de la familia de mantener a sus hijos. Desafortunadamente, esta enseñanza de la Iglesia se ha malentendido. Como diócesis debemos trabajar junto con las familias para  que puedan obtener información adecuada que la podamos comprender nosotros mismos y el resto del mundo.

Relativismo

          Nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, recientemente observó que: “Nos movemos hacia una dictadura del relativismo, que no reconoce nada como certero y cuya meta principal es el egoísmo y deseo propio”. (6) El relativismo es una actitud o visión global que entiende a la persona humana como la que define todo significado y verdad. Afirma que toda verdad objetiva y su realidad no puede ser descubierta directamente por el individuo. Esto implica que toda verdad puede ser creada por cada individuo en  conformidad con sus necesidades. De hecho, el relativismo profesa que Dios no es el creador o revelador de la verdad, sino nosotros mismos.

          Los efectos detrimentes de esta actitud relativista en nuestra vida de fe son profundos. Si todo lo que vemos procede de nuestra propia perspectiva y punto de vista, entonces vemos muy poco. No se cree en la verdad objetiva  la cual se puede encontrar a través de la razón y mucho menos a través de la revelación. Nos encerramos en una realidad autodefinida.

          Los efectos del relativismo en el matrimonio y en la vida familiar son igualmente devastadores. Primero, la verdadera naturaleza de la libertad es malentendida. Libertad se convierte en “lo que uno quiere hacer o desea”. Opción personal, privacidad y todas las actitudes que le siguen, se convierten en factores dominantes de la vida familiar. Por lo tanto, vemos, como los resultados de la práctica de estas actitudes son devastadores, incluyendo el completo abandono de la responsabilidad de los padres (7) y aún de las madres por sus hijos. Abunda el fenómeno de familias destrozadas, familias con solo uno de los padres presente y otras manifestaciones de tensión  en la vida familiar. Mientras que es difícil para la Iglesia ejercer su ministerio y poder responder a todas estas necesidades, tenemos que hacer todo lo posible por llevar sanación y esperanza a las familias que luchan por subsistir en medio de nuestra realidad.

          Otra causa principal de la ruptura en la vida familiar es la aceptación creciente en nuestra sociedad de paliativos que ofrecen escape temporal a los problemas personales. El uso del alcohol, las drogas, y muchas otras formas de adicción que nos afectan, sirven como poderes destructivos que rasgan la habilidad de las familias de convertirse en verdaderos lugares de amor y compromiso. Estos paliativos nunca son la respuesta a nuestros problemas personales o familiares.         

           Otro efecto del relativismo en la vida familiar es la inhabilidad de muchos individuos de hacer compromisos que duren toda la vida. Muchos se acercan al matrimonio con el concepción de que “si no trabaja, bien, podemos tratar otra cosa, o buscar otra persona”. Esta actitud malentiende el verdadero significado de la libertad porque se basa en la habilidad de mantener las opciones personales abiertas. El relativismo reduce la libertad al deseo de no estar atado, de no tener una responsabilidad que vaya más allá de lo que uno cree debe ser. Triste y desafortunadamente vemos como el porcentaje de matrimonios católicos que se disuelven se compara con el porcentaje de divorcios en nuestra sociedad. Muchos individuos llegan al matrimonio con “una mentalidad de divorcio” en la cual el divorcio se convierte en la opción lógica si el matrimonio enfrenta  dificultades. “¿No han leído que en el principio el Creador  los hizo hombre y mujer, y declaró, ‘Por esta razón, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su esposa, y los dos se convertirán en uno solo’? Por eso ya no son dos sino una sola carne. Por lo tanto, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”. (Mateo 19:4-6). Es el mandato que Cristo mismo da respecto a la naturaleza sacramental del matrimonio. ¡Cuán arduamente debemos trabajar para convencer a los miembros de la Iglesia que ésta es la verdadera voluntad de Dios para la humanidad!

          La sabiduría de la Iglesia, sin embargo, puede ser utilizada para identificar aquellos matrimonios que nunca iniciaron propiamente su relación y terminaron en divorcio. El trabajo reconciliatorio del Tribunal Matrimonial de la Diócesis está diseñado para ayudar a los individuos cuyos matrimonios han terminado en divorcio y pueden ser anulados y que frecuentemente desean iniciar una nueva vida matrimonial. Prometo que la diócesis continuará ayudando a todos aquellos que buscan el proceso de anulación, así como la confección de programas especiales para todos aquellos que desean volver a casarse.

          Desafortunadamente, el relativismo también atenta redefinir lo que es un matrimonio. El matrimonio se convierte no en un sacramento sino en una conveniencia. Nuestra sociedad nos dice que podemos darle al matrimonio la forma que nos plazca sea la cohabitación sin el compromiso civil o religioso o el llamado “matrimonio del mismo sexo”, que solamente hace mímica de lo que es el compromiso matrimonial. (8) Nuestro Santo Padre ha dado un claro mensaje acerca de los peligros del relativismo al decir dijo: “Consecuentemente, es claro que no solo debemos mejorar en la  formación de las personas en lo que se refiere al relativismo, sino que además, debemos enfrentar su predominante efecto destructivo en nuestra sociedad y cultura”. (9)

          Está claro, por lo descrito anteriormente que la vida familiar enfrenta muchas dificultades hoy. Ante tantos desafíos, ¿cuáles son nuestros recursos? ¿De qué manera podremos fortalecer la vida familiar? Quizás la Sagrada Familia de Nazaret pueda enseñarnos lo que necesitamos saber.

“La Familia de Nazaret”: Tres principios para la renovación de la vida familiar

            La Sagrada Familia de Nazaret, familia formada por Jesús, María y José, puede enseñarle al mundo tres principios para la renovación de la vida familiar. Miramos a la familia de Nazaret porque es el modelo perfecto de lo que hace a una familia santa. Nunca debemos olvidar que la Sagrada Familia enfrentó enormes desafíos en su vida diaria. Por ejemplo, ellos experimentaron verdadera pobreza y exilio. San José también enfrentó el desafío como padre de criar un hijo que no era suyo. Sin embargo, con Jesús como centro y María y José dándole cuidados paternales al Señor, nos encontramos con una verdadera comunión de amor que refleja el amor Trinitario, como ninguna otra familia lo ha podido lograr. Es en la Sagrada Familia donde encontramos el modelo para nuestra propia vida familiar. Como sugiere el Papa Benedicto XVI: “Lo mismo es, por supuesto, verdad de todo el compromiso misionero, y particularmente por el cuidado pastoral de las familias; por lo tanto, sea la Familia de Nazaret el objeto constante y confiado de nuestras oraciones, así como de modelo de vida, entre nuestras familias y comunidades”. (10)

Primer principio: La Sagrada Familia es el modelo de verdadera fidelidad y de libertad humana

          Primero, necesitamos redescubrir el poder de la fidelidad y el significado verdadero de la libertad. Ser fiel significa tener la habilidad de superar los obstáculos. Superar los obstáculos demanda una libertad sobre la restricción y tener la habilidad de ir más allá de lo que parece ser posible y encontrar las verdaderas posibilidades de nuestra condición humana. La Sagrada Familia de Nazaret experimentó la pobreza y el exilio reflejo de la experiencia por las que pasan muchas familias aquí en Brooklyn y Queens. Los nuevos inmigrantes se encuentran en una posición que podemos llamar de “exilio” de sus países. Ellos luchan por conseguir el diario vivir, por ayudar a sus familias tanto aquí como en sus países. Ellos enfrentan diariamente  la inhabilidad de poder adquirir lo necesario para cubrir sus necesidades básicas, incluyendo el pago de sus rentas, el comprar los alimentos necesarios y darle la educación a sus hijos, que ellos lo desean. Estos desafíos están presentes hoy, como los estuvieron en el pasado.

          La Sagrada Familia de Nazaret también experimentó la tristeza y la muerte. María fue testigo de la muerte de su Hijo, el sacrificio de un hijo para la salvación del mundo. Similarmente, muchas familias ven a sus hijos ser sacrificados por una sociedad que no respeta la dignidad humana, sino que los arrastra mediante tretas siempre diabólicas de adicción y disipación. Sin embargo, ante todas estas luchas, la Sagrada Familia permaneció fiel a sí misma y soportó los desafíos que se les presentaron. Nuestras familias deben de imitar este santo ejemplo, haciendo lo mismo. Los miembros de cada familia deben de unirse más, reafirmando su compromiso de mantenerse fieles los unos a los otros, y ejercitar las responsabilidades mutuas de una manera más vibrante. Solo así podremos replicar en nuestra vida familiar, la confianza y el amor, que la Sagrada Familia tuvo en la providencia y en el amor de Dios el Padre.

Los cristianos creemos que cuando aceptamos un compromiso libremente, no nos disminuimos como personas, porque tenemos menos opiniones, sino que reconocemos lo bueno que hay en nosotros como individuos creados a imagen y semejanza de Dios. La libertad no es solo la habilidad de tomar decisiones, sino más bien la habilidad de optar por lo que es bueno en cada circunstancia de la vida. Los filósofos de la iglesia en el pasado nos enseñaron que aún y cuando escogemos lo que parece ser equivocado, la mayoría de las veces lo hacemos porque creemos que es lo mejor. Hemos sido creados para el bien y nuestra verdadera eterna felicidad reside en escoger lo que Dios ha revelado como bueno. Debemos buscar lo que es bueno. Debemos escoger no solo lo que queremos y nos gusta sino que debemos de ir más allá de lo que satisfaga nuestra necesidad personal. La verdadera libertad también conlleva el poder romper el ciclo de adicción, cambiar las personalidades adictivas y restaurar las vidas quebrantadas que encontramos en nuestras familias y en nuestra sociedad.

¿Cuáles son las opciones que las familias deben redescubrir a fin de poder  permanecer fieles a Dios y los unos con los otros? Los esposos deben diariamente  tomar la decisión conciente de amarse el uno al otro sin precondiciones y sin manipulación. Los esposos y esposas también deben de comunicarse abierta y honestamente, compartiendo sus esperanzas más íntimas, sus sueños y luchas, el uno con el otro. Como padres, deben de escoger el ser  responsables y de transformar sus hogares en “cielos seguros” en donde sus hijos se sientan seguros, protegidos y libres de expresarse y ser acogidos con amor. A aquellos padres, que pueden optar por la adopción de niños o servir como padres de crianza, se les debe aplaudir conmensurablemente por su desinteresado deseo de ejercitar el amor cristiano libremente. Finalmente, los hijos de todas las edades deberán diariamente tomar la decisión de respetar a sus padres y abuelos y aprender de ellos la sabiduría y el ejemplo. Solo cuando los miembros de nuestras familias empiecen a hacer suyas estas opciones libremente en fe, empezarán nuestras familias a encontrar alegría y paz a las que ellos tienen tanto derecho.

Uno de los programas que he pedido a las Caridades Católicas llevar a cabo es el Programa de Intervención para los Adictos, donde las parroquias ayudan a las familias necesitadas a luchar con la adicción cuando ésta las aflige. Ciertamente, éste es un problema central en muchas familias hoy. Como Iglesia debemos de hacer todo lo que esté a nuestro alcance para ayudar a las familias a superar estas dificultades.

La Sagrada Familia de Nazaret claramente demuestra el poder de la fidelidad y cuan importante es el cumplir nuestras promesas. José y María, aunque no entendieron como María quedo encinta antes de que cohabitaran, creyeron en el mensaje que recibieron de los mensajeros divinos. José no abandonó a su familia ni en el principio, ni cuando se le pidió que abandonara su hogar y se fuera a otra parte. María permaneció al lado de su Hijo, aún durante su pasión y muerte. La fidelidad de la Sagrada Familia solo nos puede inspirar a ser más fieles a los compromisos que hemos adquirido como miembros de una familia. Las madres y los padres frecuentemente se mantienen al lado de sus hijos en medio de las tragedias de la vida moderna como el embarazo fuera del matrimonio o la conducta destructiva que resulta de la adicción. Muchas familias también experimentan las muertes trágicas que tan frecuentemente oímos aquí en Brooklyn y Queens, ya sea por accidentes o mano criminal. La fidelidad ciertamente es puesta a prueba en las experiencias de nuestra vida diaria. Solo con la gracia de Dios podremos vivir los compromisos como individuos y como miembros de una familia de una manera fidedigna.

Segundo principio: La Sagrada Familia de Nazaret permaneció humilde delante de Dios

          A pesar de las presiones sociales a las que ellos se enfrentaron, la Sagrada Familia de Nazaret permaneció humilde delante de Dios. María y José reconocieron su total dependencia de Dios. Ellos conocieron el verdadero sentido de la obediencia, la cual es tan necesaria para descubrir la voluntad de Dios en nuestra vida diaria y poder pedir las fuerzas necesarias para cumplir la voluntad divina. Es evitando la pregunta tan frecuente: “¿Qué es lo que quiero hacer?” y preguntar otra más importante: “¿Qué es lo que Dios quiere que haga?” Las familias deben verdaderamente redescubrir el verdadero significado de la voluntad de Dios en sus vidas para poder progresar.

          ¿Qué es lo que Dios desea de nuestras familias hoy? ¿Cómo Dios desea que nos mantengamos fieles al compromiso matrimonial con la humildad que nos permita permanecer dóciles ante las leyes de Dios y sus mandamientos? La obediencia comienza reconociendo aquellas realidades dadas por Dios y que nosotros no podemos cambiar.  Como nos lo recuerda san Agustín, somos creados para Dios y “nuestros corazones no descansan hasta no descansar en Él”. (11) Más aún, a pesar de que la vida de cada familia a veces se encuentra llena de dificultades, las familias siguen siendo los lugares donde podemos experimentar gran gozo. Durante las liturgias, frecuentemente les pregunto a los miembros de las familias si es “divertido” formar parte de su familia. Esta es una pregunta que la puede contestar tanto el más joven que puede hablar como el más anciano en la familia. ¿Cuál es la “diversión” que buscamos? Es el verdadero gozo que experimentamos cuando estamos en paz los unos con los otros y con Dios. Cuando la familia es el lugar donde deseamos estar, en medio de las personas que más amamos, descubrimos hacia donde se dirigen nuestras inquietudes de vuelta a Dios, la fuente de toda vida y amor y nos convertimos en verdaderos obedientes al plan de la creación descrito en el Génesis. Leemos, “Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, en su divina imagen los creó, hombre y mujer los creó…Dios miró alrededor y vio todo lo que había hecho y lo encontró todo bien”. (Gen.1: 27, 31a). En verdad, la vida familiar es toda buena. Es lo mejor que Dios nos ha dado para que nosotros podamos cumplir con Su plan divino.

Tercer principio: La Sagrada Familia de Nazaret en oración

            Una tercera característica que animó la vida de la Sagrada Familia la encontramos claramente descrita en las Escrituras. Leemos en el Evangelio según San Lucas que la Sagrada Familia de Nazaret emprendió un viaje juntos a orar en el templo de Jerusalén cuando el joven Jesús se perdió (Lucas 2: 41-52). Este incidente nos enseña que la Sagrada Familia de Nazaret era una familia judía religiosa que cumplía con su obligación de dar culto. El padre Patrick Peyton, un padre de la Orden de la Santa Cruz, de feliz memoria, hizo famosa la frase “La familia que reza unida, permanece unida” en su apostolado en pro del rosario familiar. Cuan cierto es que la familia que asiste a la celebración de la Eucaristía cada domingo encuentra fuerzas que le ayudan a mantenerse unida. Sin la oración y sin una relación con el Señor Jesús, ¿Qué puede  ayudar a que las familias a mantenerse unidas? Me atrevería a decir que cualquier otra cosa ayuda muy poco.

          El corazón de cada familia debe ser Dios mismo. Cada familia debe hacer una decisión de común acuerdo de centralizarse en una vida de oración común, orar antes de las comidas, al final del día, en el rosario familiar, en la lectura de las Escrituras, en las visitas a la iglesia juntos y especialmente en la asistencia a la eucaristía dominical. ¡Cuán triste es que muchos de nuestros hijos que asisten a las escuelas católicas no asistan a la misa dominical ya sea ellos mismos o con sus familiares! Igualmente preocupante es el oír que muchos niños que asisten a los programas de Educación Religiosa, son sus propias familias los llevan y los recogen, pero ni ellos solos ni con sus familias asisten a misa. Estos ejemplos que citamos no son para menospreciar nuestras familias sino para alentarlas a que construyan sobre lo bueno que ya poseen. Sin embargo, la falta de oración en nuestras familias, conducirá a una erosión mayor de la vida de la Iglesia y la de las familias.

          Hay esperanza y lugar para todos en la Iglesia, aún para aquellos que por cualquier razón no siempre han practicado su fe. El diálogo entre san Pedro y el centurión romano llamado Cornelio, un pagano que era “devoto y temeroso de Dios, junto con su familia” (Actos 10:2ss), nos instruye al respecto. Leemos: “Entonces Pedro procedió a hablar diciendo: ‘En verdad veo que para Dios no hay acepción de personas’…al que teme a Dios y actúa como es debido, le es aceptado”. (Actos 10:23-36). Muy frecuentemente, buenas personas, incluso algunos católicos bautizados, tratan de criar a sus familias sin utilizar todo los medios que Dios nos ha dado para ayudarlos en la vida diaria, especialmente el don de la fe y la ayuda de la Iglesia. Nunca debemos de cansarnos de abrir de par en par las puertas de nuestras iglesias para darles la bienvenida a todos los miembros bautizados de nuestra familia de fe y buscar maneras de que se reconcilien  con Dios y con la Iglesia.

La familia cristiana y la Nueva Evangelización

            La familia cristiana juega un papel primordial en la Nueva Evangelización porque es únicamente mediante la promoción de familias vibrantes que el trabajo de la Nueva Evangelización puede llevarse a cabo.

Primera tarea:

          La primera tarea que se les encomienda a todas las familias en la Nueva Evangelización se basa en el hecho de que las familias son los testigos primarios de la fe en sus vidas diarias. La fe es un don divino que se alimenta no solo a través de la enseñanza formal sino que se “adquiere” o se experimenta a través de los testimonios de los creyentes. Las vidas de familias verdaderamente felices son los mejores testigos de la fe católica y el mejor medio de evangelizar al mundo que la Iglesia tiene a su disposición. Las familias también pueden ser testigos del verdadero sentido del amor. Las familias deben ser comunidades donde se compartan los valores y la donación de si mismo. ¡Qué gozo es ver a las familias rendir culto unidas y vivir juntos gozosamente!

          El lugar principal donde la formación cristiana de los niños toma lugar es en la familia. Como los laicos recibieron en el bautismo la llamada de ser testigos del Evangelio en el medio del mundo, esta llamada no puede ser vivida si no se realiza dentro de cada familia cristiana. Proclamamos en el sacramento del bautizo que los padres son “los primeros y mejores maestros de la fe”. La responsabilidad primaria de la transmisión de la fe católica a nuestros hijos radica en los padres. La Iglesia puede ayudarles pero no puede asumir la responsabilidad que les corresponde a ellos. Los padres deben de ayudarles a sus hijos mediante el tetimonio de sus vidas, formando familias que se esfuerzan por alcanzar la integridad y santidad. Por ejemplo, la mejor manera de enseñar a los hijos el verdadero sentido del matrimonio cristiano es que  los padres vivan bien ese matrimonio. Concretamente, los padres deben darles un ejemplo de fe que sea consistente y genuino, asistiendo a misa dominicalmente, orando diariamente y viviendo como verdaderos testigos de los valores evangélicos, con la esperanza de que sus hijos lleguen a hacer lo mismo. Esta tarea que se la da a las familias católicas es de vital importancia para la transmisión de la fe y el trabajo de la Nueva Evangelización.

Segunda tarea:

            La segunda tarea que específicamente se les da a las familias en la Nueva Evangelización envuelve las vocaciones. Más concretamente, es en el seno de las familias donde nacen las vocaciones al presbiterado, diaconado y vida religiosa. La llamada de entregarle la vida a Dios debe de escucharse por primera vez en la familia que le da vida al niño. El ejemplo de darse desinteresadamente se aprende por primera vez en nuestras familias. La habilidad de responder a la llamada del Señor debe ser nutrida en las familias. Los padres deben apreciar y promover las vocaciones al sacerdocio y la vida religiosa, así como construir las bases para familias cristianas nuevas y firmes para aquellos cuya vocación es la vida marital. Desafortunadamente en nuestra sociedad moderna, los hijos que disciernen tener una vocación para la vida sacerdotal o religiosa, se enfrentan a la reticencia  y aún a la resistencia de sus familias, en lugar de animarlos y ayudarlos. Hay muchas razones para que se de esta situación, incluyendo el deseo de los padres de tener nietos, o de las repercusiones negativas que ha tenido el abuso sexual de algunos clérigos, o aún peor, el deseo equivocado de que sus hijos disfruten del éxito material sin reconocer los grandes valores que proceden del ofrecerse uno mismo a las vocaciones sacerdotales y religiosas. La ayuda de los padres es crucial en el desarrollo de las vocaciones y es una tarea que cada padre recibe en la Nueva Evangelización.

          Igualmente, los abuelos deben de animar y promover las vocaciones. Para muchos niños, los abuelos son el eslabón espiritual que los une con la Iglesia. Muchos padres no saben como transmitir su fe, quizás porque a ellos no se les enseñó o transmitió bien. La Iglesia tiene la gran responsabilidad hoy de formar maestros, catequistas y feligreses que puedan actuar como extensión de la  familia del niño, ayudándole a la familia en su papel básico de transmitir la fe. Los programas de preparación sacramental son esenciales para la Nueva Evangelización y para la re-evangelización de nuestros católicos. Deben de hacerse esfuerzos para que estos programas resulten interesantes y efectivos.

Ayuda diocesana renovada para la familia

          Al prepararnos para la celebración diocesana de Clausura del Año de la Eucaristía, programada para el sábado 15 de octubre, en el Parque KeySpan en Coney Island, no reuniremos como familia diocesana para orar por el fortalecimiento y crecimiento de todas las familias católicas, las cuales forman las bases de nuestras parroquias y escuelas. Le hemos dado el título de: “Un pan, un cuerpo, una familia en Cristo”, recordándonos la unidad que compartimos en la eucaristía y en nuestras vidas de fe como familia de Dios. Reconocemos también la responsabilidad que tiene la Diócesis de Brooklyn de darle mayor ayuda a la vida familiar aquí en Brooklyn y en Queens. Hay muchas iniciativas concretas que están desarrollándose para apoyar este compromiso.

          Primero, el trabajo de revisión y expansión de nuestro programa diocesano de preparación matrimonial Pre-Caná esta casi finalizado. La Iglesia, como custodia y dispensadora de los divinos sacramentos, ha proveído varias oportunidades a través de los años a las parejas que desean contraer nupcias por la Iglesia, a fin de se puedan preparar apropiadamente y celebrar juntos el sacramento del matrimonio. Estos programas están diseñados para ayudar a las parejas a reflexionar acerca del significado del compromiso y prepararlos para la vida que tendrán después de casados. El equipo de trabajo de Pre-Caná ha recomendado una serie de nuevas e innovadoras propuestas para nuestros programas de Pre-Cana con el fin de responder  a las necesidades espirituales y personales de aquellas parejas que desean casarse por la iglesia. Más específicamente, proveeremos a las parejas comprometidas instrucciones en el Internet, así como con una oportunidad para reunirse a orar una noche, y dedicar un sábado entero al aprendizaje de  técnicas que necesitarán para lograr una relación exitosa. Haremos ésto, reconociendo no solo las diferencias culturales y lingüísticas que existen en nuestra diócesis, sino también las diferentes situaciones que se enfrentan nuestras parejas, incluyendo a aquellas personas que desean casarse de nuevo después de obtener una anulación, a aquellos futuros cónyuges que no comparten la fe católica y a los que previamente han estado cohabitando. Todas estas situaciones demandan programas específicos y especiales que le ayude a las parejas iniciarse en el sacramento del matrimonio de la mejor manera posible. Nos regocijamos con tener la bendición de que hay más de ochenta nuevas parejas las cuales fueron entrenadas en el pasado año para que asistan a los ministros de Pre-Cana ya existentes, en la implementación de este nuevo programa de Pre-Cana, comenzando en enero del 2006.

          Hay muchos otros programas, además del de Pre-Cana, que pueden ayudar a las parejas que están contemplando el casarse y el discernir su habilidad de mantener un compromiso de vivir juntos para toda la vida, incluyendo los “Engaged Encounters” y un número de programas a nivel de grupos de parroquias o parroquias individuales. Las parejas ya casadas que desean fortalecer sus vidas matrimoniales y superar a los obstáculos que enfrentan, pueden asistir a los Encuentros Matrimoniales, a los fines de semana Retrouvaille, a la consejería matrimonial que se ofrece a través de Caridades Católicas y al recién creado Programa Parroquial de Intervención para la Adicción. Más aún, estoy comprometido con la creación de programas adicionales que puedan ayudar a las parejas casadas a vivir una vida feliz y fructífera.       

          También apelo a nuestros sacerdotes, diáconos y hombres y mujeres en vida consagrada, a ayudarnos con los programas de formación Pre-Cana con un nuevo vigor y compromiso, asegurando poder responder a  las necesidades de todos aquellos que buscan preparación y guía antes de iniciar su vida matrimonial.

          Hay también una nueva iniciativa diocesana de educar a nuestras parejas ya casadas en lo concerniente al Planeamiento Natural de la Familia. Explicar las enseñanzas de la Iglesia en esta área no es suficiente. Debemos de hacer disponibles a las parejas los métodos más modernos y fáciles de practicar el Planeamiento Natural Familiar. Hemos nombrado un nuevo coordinador diocesano para la Planificación Natural de la Familia que podrá coordinar los esfuerzos tanto de la Oficina de Vida Familiar y de los grupos de parroquias locales o parroquiales individuales para puedan alcanzar esta importante meta.

          Segundo, hay una necesidad de renovar la visión de la formación cristiana la cual debe incluir a todos los católicos de todas las edades, desde su nacimiento hasta los últimos años de vida. Nuestros programas de formación cristiana deben ser de  naturaleza integral y responder a las necesidades de toda la persona para que pueda crecer en el conocimiento, amor y práctica de la fe católica. Más aún, estos programas deben de ayudar a cada adulto a promover la vida familiar cristiana. Los esposos y esposas, así como sus hijos, necesitan ser formados de manera que le permitan a la vida familiar cristiana florecer en la era de la Nueva Evangelización.

          Al inicio de este año, establecí un comité de estudio para que revisara nuestros programas de educación religiosa y proveyeran una visión comprensiva del propósito y misión de la educación religiosa y la formación para el futuro. La Diócesis de Brooklyn está comprometida a renovar nuestras prácticas actuales de educación religiosa para fortalecer nuestros esfuerzos de una formación de fe integral.

          Es también imperativo que todas nuestras agencias diocesanas, nuestros grupos de parroquias y las parroquias mismas, le tiendan la mano a todas esas familias que están en crisis y que enfrentan grandes desafíos. De muchas maneras, los programas de las Caridades Católicas pueden ser de gran ayuda a las familias en crisis. Debemos de mirar las necesidades de las familias donde hay un solo padre, y ayudar a los otros miembros de familia que están ayudando en la crianza de los niños. Frecuentemente los abuelos son los que crían a los niños, con desafíos especiales y grandes cargas. Hay también familias de padres de crianza y padres adoptivos que ameritan nuestra atención y ayuda. Debemos atender a las necesidades de los envejecientes que reciben asistencia en el seno familiar o que viven aislados y necesitan del contacto familiar. Hay algunos que se han casado fuera de la iglesia y miran la iglesia como su hogar, pero no encuentran un lugar de bienvenida. Recientemente, nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, cuando se le preguntó acerca de la admisión de católicos divorciados y parejas que se han casado de nuevo a la eucaristía dijo,….“aunque estas personas no puedan acercarse a la comunión sacramental, no están excluidas del amor de la Iglesia o del amor de Dios. La eucaristía sin una comunión sacramental inmediata está por supuesto incompleta, le falta una dimensión esencial. Sin embargo, es también cierto que participar en la eucaristía sin participar de la recepción del sacramento, no es lo mismo que nada; conlleva el estar envueltos en el misterio de la Cruz y Resurrección de Cristo. Es participar en el gran sacramento en sus dimensiones espirituales y eclesiásticas, a pesar de que no sea estrictamente sacramental”. (12)  El desarrollo de programas para los divorciados y vueltos a casar deben de formar parte de nuestro compromiso por fortalecer nuestras familias.

          Los desafíos delante de nosotros son muchos, pero estamos dispuestos a realizar esfuerzos mayores para ayudar a todas las familias, especialmente aquellas que tienen diferentes tipos de necesidad.

Conclusión

            Al acercarnos a nuestra celebración diocesana de la familia en el Parque Keyspan el 15 de octubre, al lugar donde la Iglesia se reunirá, un estadio usualmente reservado para el baseball y diversión, nosotros traeremos el compromiso de la Iglesia por la vida familiar en medio del mundo. Nos consagramos de nuevo a la Sagrada Familia de Nazareth, la cual conoció el dolor y el sufrimiento y que sin embargo triunfó a pesar de los desafíos con los que se enfrentó, por la presencia de Jesús en medio de ellos. Así también nosotros, llevemos nuestras familias a  la presencia eucarística del Señor Jesús, para que él les de la fortaleza y valor y los habilite a reflejar el amor y preocupación que Él mismo experimentó en la Sagrada Familia de Nazaret.

                                                            ≈≈≈≈≈≈

 

 

(1)              Juan Pablo II, Carta a las familias  [1994], artículo 23.

(2)              Ibid.

(3)              Por ejemplo, en la Diócesis de Brooklyn, el número de matrimonios celebrados en nuestras parroquias declinó de 5,844 en 1994 a 3,455 en el 2004.

(4)              Concilio Vaticano II, Constitución dogmática de la Iglesia, artículo 11.

(5)              Benedicto XVI, Alocución a los participantes en la Convención eclesial diocesana en Roma, 6 de junio, 2005.

(6)              El Papa Benedicto XVI, Homilía en la misa por elección del Pontífice Romano, 18 de abril, 2005.

(7)              Un número de comentaristas sociales han señalado el creciente fenómeno de “familias sin padres” en nuestro país. La evidencia parece sugerir que la ausencia del padre tiene muchos efectos detrimentales en los hijos, incluyendo la gran posibilidad de que se críen en la pobreza, de tener problemas emocionales, de tener problemas en socializar con sus contemporáneos y de tener un riesgo mayor de problemas psíquicos. Éste es un reto que debemos de abordar como iglesia y como sociedad.

(8)              “Por varias razones una unión del mismo sexo contradice la naturaleza del matrimonio: no está basada en la complimentaridad natural del hombre y la mujer; no puede cooperar con Dios en la creación de una nueva vida; y el proceso natural de la unión sexual no puede ser obtenido por la unión de dos personas del mismo sexo. Las personas del mismo sexo que se unen, no pueden entrar dentro de una verdadera unión conyugal. Por lo tanto, es un error el igualar esas relaciones con el matrimonio”. USCCB, entre hombre y mujer: preguntas respondidas acerca de los matrimonios y uniones del mismo sexo, pregunta 4. 12 de noviembre, 2003.

(9)              El Papa Benedicto XVI: Homilía de la misa para la elección del Sumo Pontífice, 18 de abril, 2005.

(10)          Ibid.

(11)          San Agustín, Confesiones, Libro I, capítulo I

(12)          El Papa Benedicto XVI, Reunión con el clero diocesano de Aosta en el Centro parroquial. Introducción, 25 de Julio, 2005.

 

 
            

 


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